
¡Hola!
Soy la persona detrás
de Cartas a Nadie
Soy Valentina Calderón Villada. Comunicadora social y periodista de formación, escritora por necesidad emocional.
Cartas a Nadie nació como un impulso, una forma de decir lo que no siempre encontraba destinatario, y con el tiempo se convirtió en refugio, catarsis y marca personal. Este blog no es solo un espacio de escritura; es el lugar donde ordeno el ruido, nombro lo que duele y celebro lo que transforma.
En el último año y medio mi vida cambió de forma silenciosa pero profunda. Cerré capítulos profesionales, volví a empezar en la empresa familiar, retomé clases de cocina, viajé, grabé un podcast y escribí mi primer libro completo. Aprendí que reinventarse no siempre es escandaloso; a veces es íntimo, casi imperceptible… pero definitivo.
Aquí escribo cartas, reflexiones y conversaciones que exploran las emociones, los vínculos y las contradicciones que nos atraviesan. Me interesa lo cotidiano tanto como lo extraordinario. Me interesa lo que se siente más de lo que se ve.
Si estás leyendo esto, no eres “nadie”.
Eres parte de este proceso creativo y emocional que sigo eligiendo todos los días.
Bienvenido a mi manera de entender el mundo: escribiéndolo.



Tengo una relación amor-odio con los viajes
Amo a Taylor Swift desde que tengo memoria.
Estos son más datos sobre mí...
A veces me estreso con la logística y los imprevistos, pero hay algo mágico en la sensación de descubrir nuevos lugares, culturas y momentos con mis amigos.

Sus letras han sido banda sonora de mis etapas más felices, más caóticas y más vulnerables. Siempre hay una canción suya que me entiende mejor que yo misma.

Ya escribí mi primer libro completo
A veces dudo de cada página, releo y quiero cambiarlo todo, pero hay algo profundamente transformador en ver una historia que vivía en mi cabeza convertirse en un manuscrito terminado. Escribirlo fue enfrentarme a mis inseguridades… y aun así elegir no detenerme.
Estoy grabando un podcast (por segunda vez)
A veces me cuestiono cada palabra después de decirla en voz alta, pero hay algo poderoso en escuchar mis propias historias resonar más allá de la pantalla. Volver al micrófono fue recordarme que mi voz también merece espacio.

Puedo leer durante horas sin parar, incluso no duermo.
Cuando un libro me atrapa, el mundo a mi alrededor desaparece: no hay hambre, sueño ni distracción que me saque de sus páginas.

Volví a amar la cocina (excepto por el lavado)
A veces me frustro cuando una receta no sale como esperaba —y definitivamente odio lavar los platos—, pero hay algo casi terapéutico en mezclar, probar y crear con las manos. Cocinar se convirtió en otra forma de ordenar el caos… aunque el fregadero diga lo contrario.

