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¿Buen café? No en Colombia

Querido lector,


Como buena colombiana, desde pequeña se me ha enseñado la importancia del café en el día a día. Mi abuela me cuenta que cuando tenía aproximadamente tres años, le decía que quería tomar café y fumar cigarrillo con ella. Y me daban café, sí, pero solo hacía la mímica de fumar. Todo muy sano, todo muy educativo.


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Así que desde muy pequeña aprendí a amar ese sabor amargo que deja el café que se consume en Colombia. O, al menos, a romantizarlo.


Con los años entendí algo doloroso: a pesar de ser uno de los países que más presume de producir café de calidad, los colombianos… consumimos café horrible. Café que raya en el maltrato. Café que si hablara, nos denunciaría.


Según un artículo de la BBC, Colombia produce 14 millones de sacos de café de 60 kg al año, pero exporta 13 millones. ¿Qué queda para nosotros? Las sobras. Y ni siquiera sobras nuestras. Lo que no se exporta no alcanza a suplir el consumo interno, que es de 2,8 kg per cápita por año, según la Federación Nacional de Cafeteros (FNC). Por eso importamos alrededor de 800.000 sacos de café de baja calidad (pasilla) desde Ecuador y Perú.


Sí, leíste bien: importamos café de mala calidad siendo uno de los mayores productores del mundo. Cualquier parecido con nuestras políticas públicas es pura coincidencia.


La BBC también lo resumió perfecto:


“Una cosa es que el nuevo colombiano resultara ser un gran productor de café, y otra, que fuera un gran bebedor del producto.”


Y si no me crees a mí, cree a los expertos. Erminsu Iván David Pabón, director del Instituto Mayor Campesino (IMCA), dijo en El Espectador:


“El colombiano de común no ha aprendido a consumir buen café o al menos taza limpia o almendra sana, es un consumidor poco exigente que toma cualquier cosa por café.” Pero bueno, algo es algo: reconoce que está creciendo un mercado de productos especiales. Hay esperanza.


Yo, personalmente, me estoy reformando. Pasé de tomar tinto en vasos plásticos, de esos que se derriten un poquito con el calor, a tener una prensa francesa y saber qué es un café de origen. No lo sé preparar bien, pero el punto es que lo tengo. Mi versión 2018 se sentiría intimidada.


Y aun así, lo confieso: si estoy muy dormida y alguien me ofrece un café soluble, lo acepto. Le echo agua caliente y me engaño diciendo “es lo mismo”. Como si mi cuerpo no supiera que acaba de tragar polvo industrial con sabor a gasolina.


Pero es que el café es así: uno sabe que no siempre es bueno, que no siempre te trata bien, que no te deja dormir, que a veces te da ansiedad, que te acelera el corazón más que tu ex… Y sin embargo, lo buscamos. Lo necesitamos. Lo amamos.


Así que sí, café: me haces daño, pero no puedo dejarte.


Nos vemos mañana, como siempre.

Yo llevaré la taza, tú trae la intensidad.


Con cariño,

Valentina C. Villada.

 
 
 

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