Los abuelos que la vida me regaló
- Valentina C. Villada

- 24 ago 2025
- 2 Min. de lectura
Querido lector,
Si me preguntaran en este momento, podría decir que mis abuelos están muertos. ¿Por qué? Porque crecí con la idea de que quienes biológicamente son mis bisabuelos eran los abuelos. Y mis abuelos actuaron un poco como padres. Según esa lógica, mis abuelas murieron antes de que naciera y mis bisabuelos estuvieron conmigo gran parte de mi vida.
Cuando nací, mi bisabuelo Clímaco (papito Clímaco para mí) tenía casi 77 años y viví con él durante los siguientes 20 años de mi vida. Con él aprendí que el amor no siempre se muestra con palabras dulces, sino con pequeños gestos cotidianos: un billete entregado en secreto para comprar dulces, caminar cogidos de gancho porque amaba ir a mi lado, una mirada que decía “aquí estoy para ti”. Esos detalles, aunque a veces pasen desapercibidos, son los que construyeron los recuerdos que hoy tengo tatuados en el corazón.

Por otra parte, mi bisabuelo Carlos era un poco más distante y no teníamos una relación tan cercana, pero recuerdo con cariño las navidades en que tocaba la guitarra y armaba voladores para quemarlos el 24 y el 31. Su manera de festejar nos recordaba que la vida también está hecha de celebraciones sencillas y momentos compartidos alrededor del fuego y la música.

Hoy, en el Día de los Abuelos, pienso en ellos y me doy cuenta de lo afortunada que fui al crecer con bisabuelos que ocuparon ese lugar tan especial en mi vida. No importa si eran bis, abuelos o incluso figuras que no compartían lazos de sangre: lo importante es que me dieron un ejemplo de amor, compañía y raíces.
Ahora, vamos a aclarar algo. No estoy desconociendo a mi abuela como abuela, sino que simplemente crecí viéndola más en el rol de una segunda mamá que en el de abuela. Fue ella quien me cuidó, me guió y me enseñó tanto de lo que hoy soy. Tal vez por eso no la nombro con la misma distancia con la que solemos hablar de los abuelos, porque su presencia en mi vida ha sido más cercana, más cotidiana y más esencial.
Y aunque a veces se me escape esa diferencia en la forma de nombrarla, también celebro seguirla teniendo conmigo. Poder compartir con ella cada etapa, seguir aprendiendo de su paciencia, de su fortaleza y de ese amor incondicional que solo una abuela (o una segunda mamá) puede dar, es uno de los regalos más grandes que tengo en la vida.
Hoy, en el Día de los Abuelos (una fecha bastante olvidada y poco celebrada, cuando debería ser tan importante como el Día de la Madre o el Día del Padre), te invito a honrar a esas personas que te cuidaron, te enseñaron y dejaron huellas que van más allá de los años.
Si tienes la fortuna de abrazar a tus abuelos hoy, hazlo fuerte. Y si ya no están, recuerda que siguen vivos en cada historia, en cada costumbre y en cada sonrisa que dejaron en ti.
Con cariño,
Valentina C. Villada.





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