Guía inútil para stalkear a tu ex… cuando no puedes
- Valentina C. Villada
- 18 nov 2025
- 3 Min. de lectura
Querido lector,
Hay exes fáciles de olvidar porque siguen ahí, paraditos, como árboles en el feed: publican, suben historias, hacen lives cocinando pasta con trufa. Uno puede verlos, estudiarlos, sobrediagnosticarlos.

Y luego está… el otro tipo.
Ese que desaparece del mapa digital justo cuando tú quedaste atrapada en la nostalgia más absurda.
En la mitología moderna del corazón roto, stalkear es parte del ritual. Como quemar cartas en los noventa, pero con mejor internet. El problema es cuando tu ex entra en una categoría que nadie te prepara para enfrentar: el ex instalkeable. Ese que te bloquea, borra, desaparece. El que ni siquiera te regala una foto borrosa en un bar para que tú puedas decir: “ah mira, todavía existe”.
Y entonces te quedas con lo peor que puede tener un corazón curioso: el silencio.
Porque mi ex vive en otro país. Porque no sube contenido. Porque me bloqueó en todas partes (detalle menor). Y porque, en esta era donde uno puede saber hasta qué comió un conocido del colegio en 2008, lo único que yo sé de él es… nada. Cero. Un vacío digital que es casi peor que un ghosting.
Y qué extraño es eso: querer mirar y que no haya dónde.
Querer confirmar si sigue vivo, si se cambió el corte del pelo, si consiguió trabajo nuevo, si aún tiene esa chaqueta fea que jura que es increíble. Querer saber si está bien, no porque quieras volver, sino porque fue alguien que te importó. Y porque la duda se mete en los espacios más cotidianos: cuando suena una canción, cuando pasas por un lugar, cuando escuchas a alguien con risa parecida a la de él…
El instalkeable te obliga a hacer algo que se siente antinatural en estos tiempos: dejar que la vida siga sin pruebas, sin actualizaciones, sin pistas.
Aprender a convivir con la ausencia digital. Aceptar que él ahora es un misterio sin resolución. Y que, tal vez, eso también es una respuesta.
A veces pienso que lo más difícil no es que me haya bloqueado, sino que no haya huella suya en ninguna parte. Que, en un mundo tan hiperconectado, él eligió ser una isla, y yo me quedé parada en la orilla preguntándome qué habrá al otro lado.
Pero con el tiempo he entendido algo que antes me resistía a aceptar: que no saber de alguien también es parte de seguir adelante. Que esa incertidumbre incómoda, casi infantil, es la prueba de que todavía hay una parte de ti que siente. Y que está bien. Porque todo duelo tiene un pequeño eco.
Y aunque a veces quisiera un update (una historia con un café, una foto con amigos, cualquier señal de “aquí sigo”) también agradezco un poco esta distancia absoluta. Me obliga a mirar mi vida en vez de la suya. A preguntarme quién soy yo sin su sombra digital. A no caer en el loop eterno de comparar, analizar, volver. A soltar lo que ya no tiene espacio en mi presente.
Quizá la verdad es que no se trata de aprender a stalkear a un ex instalkeable, sino de aprender a no stalkear. De aceptar el silencio como cierre.
De entender que, si alguna vez aparece algo de él, será casual, no buscado.
Y que mientras tanto, estoy aquí, construyendo mi propia vida, mi propio feed, mis propias historias.
¿A ti, también te pasa eso? Sí es así ojalá esta carta te acompañe si también estás lidiando
con un silencio que no escogiste, y te recuerde que incluso en la incertidumbre hay avance, hay vida, hay un después.
Con cariño,
Valentina C. Villada.

