La generación que va sin mapa
- 25 ene
- 4 Min. de lectura
Querido lector,
Si eres de mi generación, probablemente conoces bien esa frustración silenciosa de estar en tus late 20s y compararte con lo que tus papás ya habían logrado a esa misma edad. A eso súmale el estallido de internet, que nos expuso a personas alcanzando hitos a edades impensables hace apenas unos años.
Con todo eso encima, empezamos a vivir creyendo que todo lo que hacemos está más cerca del fallo que del éxito. Como si no tener lo que tuvieron nuestros papás, o lo que hoy muestran otros de nuestra edad, casi siempre con más privilegios, fuera un error de sistema y no una parte inevitable del proceso. Crecimos escuchando que los 20 son la década para construir, lograr, aprovechar, y sin darnos cuenta convertimos cada duda en culpa.
Pero la verdad (esa que se dice bajito, entre amigos, después de unos tragos y pasada la medianoche) es que muchas de las cosas que nos angustian son completamente normales.
No nos lo dijeron así. No nos advirtieron que construir también cansa, que aprovechar a veces se siente como correr sin saber hacia dónde, que lograr cosas no siempre viene acompañado de calma. Nadie nos explicó que esta década también iba a estar llena de pausas incómodas, decisiones a medias y preguntas sin respuesta.
Es normal no saber si el camino que elegiste es el correcto. Es normal mirar a los lados y sentir que otros avanzan más rápido, más seguros, más felices. Es normal preguntarte si te equivocaste, si llegaste tarde, si debiste haber hecho algo distinto.
Por eso, aquí va una pequeña lista de cosas que es completamente normal vivir en la década de los 20, aunque a veces se nos olvide y las carguemos como si fueran fracasos personales:

No tener un plan de vida claro (y cambiarlo cada seis meses)
A nuestra edad, nuestros abuelos —e incluso nuestros papás— ya se habían casado, tenían hijos y un trabajo estable. Las reglas eran otras, el mundo se movía distinto y las opciones parecían más claras, aunque fueran menos. Hoy vivimos en una época con más caminos posibles, pero también con más incertidumbre. Es común no saber hacia dónde vas, dudar de lo que quieres y sentir que todo está en pausa. Cambiar de plan no es falta de compromiso, es una respuesta lógica a un mundo que también cambia todo el tiempo. No tener certezas no significa estar perdido; muchas veces solo significa que estás explorando.

Renunciar al trabajo que no amas
Crecimos con la idea de que en nuestros 20 debíamos tener nuestro propio espacio y ser completamente responsables de nosotros mismos, así que renunciar a la estabilidad laboral no parecía una opción viable. Aguantar, resistir y agradecer era casi una obligación. Sin embargo, también es normal —y aquí sí entra el tema del privilegio— darse cuenta de que un trabajo que te consume, te apaga o te enferma no es sostenible a largo plazo. Renunciar no siempre es huir; a veces es elegirte, incluso con miedo, incluso sin tener todo resuelto.

Tener amistades que se transforman, se enfrían o se terminan sin una gran pelea
A diferencia de la adolescencia, donde muchas amistades acababan en discusiones intensas y finales dramáticos, en los 20 los vínculos suelen cambiar de forma más silenciosa. Alejarse de alguien no siempre responde a un conflicto puntual, sino al simple hecho de que ya no coinciden en pensamientos, ritmos o formas de ver la vida. Hay amistades con las que puedes pasar meses sin hablar y, aun así, sentir que todo sigue intacto. Y hay otras que, sin peleas ni explicaciones, simplemente dejan de tener sentido. Ambas cosas son normales.

Sentir miedo de tomar decisiones “definitivas”
Porque nos dijeron que ciertas decisiones marcan el resto de la vida: elegir carrera, mudarte, casarte, aceptar o no un trabajo. Con ese peso encima, el miedo aparece. Pero la verdad es que pocas decisiones son realmente definitivas. La mayoría se pueden ajustar, repensar, incluso deshacer. El miedo no siempre indica que vas por el camino equivocado; muchas veces solo señala que te importa lo que estás construyendo.

Sentir que vas tarde, aunque en realidad solo vas a tu ritmo
Compararse se volvió casi inevitable. Siempre hay alguien que ya logró eso que tú apenas estás pensando. Pero ir a tu ritmo no es ir tarde. Cada proceso tiene tiempos distintos, condiciones distintas y puntos de partida distintos. Avanzar lento también es avanzar, aunque no sea tan visible ni tan celebrable en redes. No llegar al mismo tiempo que otros no te quita valor ni te deja fuera de carrera.
Quizá crecer también sea esto: aprender a vivir con la maleta medio hecha, con planes que cambian, con decisiones que dan miedo y relojes que ya no marcan una sola hora correcta. Entender que no tener todo claro no es un fracaso, sino una forma honesta de estar vivos. Que renunciar, soltar, pausar o tomar otro camino no nos hace menos constantes, solo más conscientes.
Si hoy sientes que vas tarde, que tus vínculos ya no son los mismos o que estás parado frente a un cruce sin señales claras, quiero que sepas algo: no estás fallando, estás habitando tu propio ritmo.
Ojalá esta carta te recuerde que no hay una única manera de llegar, que crecer no siempre se ve ordenado y que también es válido caminar sin mapa, siempre y cuando te sigas escuchando.
Si algo de esto resonó contigo, quédate, sigue leyendo, vuelve cuando lo necesites. A veces, basta con saber que alguien más también está intentando descifrarlo todo, paso a paso.
Con cariño,
Valentina C. Villada.



Comentarios