Carta desde la cocina
- hace 34 minutos
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Querido lector,
Creo que es momento de abrir una nueva sección en el blog, y esta vez viene acompañada de un hobby que había olvidado cuánto amaba: cocinar. Siempre me ha gustado experimentar con recetas, improvisar con lo que tengo a mano y perderme en ese pequeño laboratorio de aromas y texturas que es la cocina. Pero, por cosas de la vida, lo fui dejando de lado… hasta que decidí retomarlo y me inscribí en unos cursos de cocina en Comfama. No tienen idea de lo feliz que me hace haber vuelto a esto.
Por eso sentí que también era momento de darle un espacio aquí, y qué mejor forma de empezar que con repostería. ¿La razón? Mi historia con la cocina empezó justamente allí. Fueron mi tía y mi abuela quienes me enseñaron mis primeras recetas, y casi todas eran postres —ninguno que implicara fuego, claro— porque cuando tienes 6 o 7 años, lo más prudente es mantener la aventura lejos de las llamas y cerca del azúcar.
Así que inauguramos oficialmente esta nueva sección con una receta especial: torta de crepes. (Y debo decirlo con honestidad culinaria: la receta no es mía, sino de Andrea Yepes, la chef con la que estoy aprendiendo y que me está recordando, paso a paso, por qué nunca debí dejar de cocinar).

Ingredientes
Para los crepes
350 g de harina de trigo sin polvo para hornear
25 g de cocoa en polvo
3 huevos
45 g de panela
5 g de sal
900 ml de leche
60 g de mantequilla sin sal
Para el relleno
600 g de crema de leche fría
90 g de azúcar glass
Para decorar
80 g de almendras
250 g de fresas
Un pequeño dato curioso antes de empezar
Algo que amo de la cocina es que muchas de las recetas que conocemos nacieron por casualidad o accidente. Entre ellas, los crepes. Cuenta la historia que, hace siglos, en la región francesa de Bretaña, una mujer estaba preparando una mezcla sencilla de harina y agua cuando, por descuido, parte de la masa cayó sobre una superficie caliente. En lugar de quemarse, la mezcla se cocinó formando una lámina delgada y dorada. El aroma fue tan tentador que decidió probarla… y así nació uno de los clásicos más versátiles de la gastronomía. A veces los errores también saben delicioso.
Antes de empezar, es importante preparar nuestros ingredientes —porque en la cocina, como en la vida, el orden también es parte de la magia. Así que lo primero será derretir la mantequilla, pesar cada ingrediente y tamizar la harina (es decir, pasarla por un colador para airearla y evitar grumos o impurezas).
Este pequeño ritual previo no solo facilita el proceso, también hace que todo fluya mejor cuando llegue el momento de mezclar. Créeme: una receta bien preparada desde el inicio se siente distinta incluso antes del primer bocado.
Ahora sí: En un bowl (o en la licuadora) mezcla los huevos, la panela, la sal y la mantequilla hasta que todo esté bien integrado. Cuando obtengas una base homogénea, añade la cocoa y continúa mezclando. Luego incorpora la harina poco a poco mientras vas agregando la leche en hilo. Si estás batiendo a mano, hazlo con calma y por tandas: la paciencia en este paso es el mejor antídoto contra los grumos.
Si decidiste usar la licuadora, deja reposar la mezcla en la nevera entre 20 y 30 minutos. Este descanso permite que la harina se hidrate por completo y que el gluten se relaje, lo que dará como resultado crepes más suaves, flexibles y fáciles de manejar al cocinarlos. Además, el frío ayuda a que la mezcla tome mejor consistencia y se distribuya de forma más uniforme en la sartén.
Después de esto —y tras el reposo, si fue necesario— calentaremos una sartén antiadherente con un poco de mantequilla. Con ayuda de un cucharón sopero, vierte una porción de masa y mueve la sartén suavemente para que cubra toda la superficie y el crepe quede lo más delgado posible.
Déjalo cocer hasta que notes los bordes ligeramente dorados; en ese punto, con cuidado, despega las orillas y voltéalo. Cocina aproximadamente un minuto más y retira. Repite el proceso hasta terminar toda la mezcla y luego deja enfriar los crepes antes de armarlos.
Aparte, coloca la crema de leche bien fría en un bowl junto con el azúcar glass. Es importante que esté fría porque la grasa necesita baja temperatura para atrapar aire al batirse y así montar correctamente. Además, la crema debe tener al menos un 30% de grasa para lograr una textura firme y estable; si tiene menos, no montará o se bajará muy rápido.
Tip importante: evita usar cremas de leche muy ligeras o mezclas lácteas que no sean crema real (como la crema de leche del D1), porque su porcentaje de grasa suele ser bajo y no permiten obtener la consistencia adecuada para el relleno.
Ahora vamos a batir la mezcla, ya sea a mano o con batidora, cuidando no excedernos: si se bate demasiado, la grasa se separa y la crema puede cortarse… y terminarías, sin querer, haciendo mantequilla. La señal para detenerte es cuando obtengas una textura firme, suave y con picos que se mantengan.
En paralelo, tuesta las almendras en una sartén a fuego medio hasta que estén ligeramente doradas y aromáticas. Déjalas enfriar y luego trocéalas para aportar textura al armado.
Lava y desinfecta las fresas, y córtalas en láminas o en cuadritos —como prefieras—. La idea es que sean fáciles de distribuir y de comer en cada capa.
Cuando los crepes estén completamente fríos, empareja sus bordes con ayuda de un cuchillo para que todos tengan el mismo tamaño. Esto hará que la torta se vea más uniforme y prolija al montarla.
Para el ensamblaje, coloca un crepe como base, añade una capa de crema, distribuye fresas y espolvorea almendras. Luego coloca otro crepe encima y repite el proceso capa tras capa hasta terminar. El resultado será una torta delicada, alta y llena de capas que cuentan, literalmente, su propia historia.
Como toque final, puedes reservar un poco de la crema y colocarla en una manga pastelera para decorar la superficie. Unos pequeños remolinos, líneas delicadas o puntitos bastan para darle ese acabado especial que hace que la torta no solo sepa deliciosa, sino que también luzca digna de vitrina.
Y así, capa tras capa, no solo armamos un postre, sino también un pequeño recordatorio de algo bonito: que crear con las manos tiene algo de terapia, algo de juego y algo de hogar. Preparar esta torta no es solo seguir pasos, es regalarse el tiempo de disfrutar el proceso, de ensuciar un poco la cocina y de sonreír cuando ves el resultado terminado.
Si llegaste hasta aquí, gracias por cocinar conmigo desde la distancia. Y si te animas a hacerla, cuéntame cómo te quedó —porque las recetas, como las historias, se vuelven más especiales cuando alguien más también las vive.
Nos leemos en la próxima receta.
Con cariño,
Valentina C. Villada.





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